lunes, 6 de septiembre de 2010

Capítulo 12


XII

Reencuentro postvacacional


En historia nos dedicamos a hablar de mis vacaciones en Ibiza. En filosofía a las vacaciones de Alba en Turquía. Y en latín nos tocó ponernos a trabajar. Es el inconveniente que tiene escoger una optativa tan minoritaria: con solo cuatro personas en clase es totalmente imposible disimular que estás cotorreando en lugar de estar atendiendo.

Tras dos horas de cotilleo intensivo y una aprendiendo los primeros entresijos de la lengua latina, escuchamos el timbre que anunciaba el recreo. Salimos de clase cagándonos en los romanos por haber inventado un sistema de comunicación tan puñeteramente enrevesado. ¿Qué era eso de tener que declinar? ¿No podían hablar como personas normales?

Totalmente desalentadas, Alba y yo nos dirigimos a nuestro habitual centro de operaciones en época estival: las escaleras que daban al campo de fútbol y a la cancha de baloncesto. Allí ya nos estaba esperando Damián, sentado en un escalón con las piernas cruzadas de la única forma que un gay tan elegante como él puede. Todavía no había salido del armario en sentido estricto pero estaba claro que lo era porque no hacía nada por intentar disimular su interés por un culo masculino bien puesto.

- Ni os imagináis cómo se ha puesto Jairo este verano. Está para comérselo enterito y no dejar ni los calcetines. Madre mía, madre mía…

¿Veis? Como yo os decía. No hace nada por ocultarlo.

- Ya veo cómo me has echado de menos, ¿eh? Todo el verano sin vernos y no nos dices ni hola. ¿Te parece bonito babear así por el orangután de Jairo? No nos quieres nada… ¡Mala persona! –dije fingiendo indignación de la forma más teatral posible.

- ¿Duna? ¿Te me pones celosona? Pero qué estúpida eres… ¿qué iba a hacer yo sin mi par de tetas favoritas, ¿eh? Ay capullito mío, con lo que te he extrañado yo…-dijo mientras me estrujaba en uno de sus abrazos de oso.

- ¡Eh! Y a mí que me den, ¿no? ¡Muy bonito Sr. Alonso!

- Ven aquí golfilla que hay Damián para todas… y para todos ¡ñam! –dijo con su sonrisa juguetona mirando a un chico que había pasado a nuestro lado.

- Un día te van a dar una paliza –le dije mientras me separaba de él para que saludara a Alba.

- A ese le dejo hacer lo que él quiera… Ay… Alba no me beses así que me pongo tontorrón…
Siempre igual. A la gente los traíamos descolocados. Por un lado, Damián no se cortaba un pelo en demostrar a los chicos todo lo disponible que estaba pero por otro tampoco se cortaba en meternos mano a Alba y a mí cada vez que tenía ocasión. Y nosotras lo seguíamos porque entendíamos que era parte de su show y porque nos divertíamos de manera escandalosa con él. Como Damián decía, él era un alterador de las masas, personaje controvertido por definición, y el escándalo siempre debía rodearlo porque era su medio de expresión. Vamos, que para él ser una reinona era como para mí mis dibujos o mis historias, una manera de expresar todo lo que lleva dentro.

- ¡Chicos! ¡A centrarse! Hay cosas más importantes que tratar ahora mismo –dije interrumpiendo su momento de pareja empalagosa- Damián, ¿dónde está Raúl? ¿Cuánto tiempo tenemos para que nos pongas al tanto de su cambio radical?

- Pues está en el baño y luego iba a la cafetería a por algo de beber. Así que tenemos un buen rato porque me imagino que estará repeinándose delante de un espejo y eso le lleva su tiempo.

- ¿Repeinándose? ¿Raúl? Estás de coña, ¿no? –preguntó Alba.

- Que va, es que ahora es más metrosexual que el Beckham y yo juntos.

- En serio, ¿no nos estarás puteando? Es que no me entra en la cabeza todo esto.

- Coño Duna, ¿por qué iba yo a mentirte? Está cambiadísimo, si no fuera porque llevo todo el verano con él ni yo mismo lo reconocería. Está incluso hasta… oh Dios, no puedo decirlo…

-¿Hasta qué? ¡Dilo Damián! Está incluso hasta… -dije empezando a impacientarme.

- Madre mía… nunca creería que iba a decir esto de mi primo pero… está incluso… ¡hasta guapo!... Y si me apuras y no fuera de la familia… os diría que está buenorro…

- ¡NO-WAY! –gritamos al unísono Alba y yo.

- Pero con ayuda del bisturí, ¿no? Es imposible que en tres meses… -dije.

- Que va, que va… todito natural. Y no os cuento nada más porque quiero que lo veáis vosotras mismas… para ver el agujero que va a quedar en el suelo por el impacto de vuestras mandíbulas.

- Tú siempre tan majo Dami… pero ¿qué tornillo ha perdido este hombre para dar este cambio de imagen?

- ¡Ah! ¿Pero no os lo conté? –dijo Damián apoyando el dedo índice en el mentón como solía hacer cada vez que estaba a punto de soltar una bomba informativa.

- Mea culpa, se me pasó por completo contaros esto pero es que sabéis cuán elevada es mi factura de teléfono y, no os ofendáis, pero si he de limitar mis llamadas prefiero hacerlo con vosotras y no desatender a mis pimpollitos…

- Vale. Ya lo hemos captado, prefieres clavijas a enchufes pero no te me descentres y ve al grano –este hombre tiene la capacidad pasmosa de enrollarse más que una persiana.

- Duna, hija, a veces puedes llegar a ser de un maleducado… bueno pues así se me va a hacer más fácil decirte esto… cof, cof, putón, cof, cof… la verdad es que fue un poco culpa tuya.

- ¿Mía? –dije flipando mandarinas.

- Sí, tuya. En la cena de fin de curso os escuchó hablando de todas la virtudes de ese Adonis que es Jason… y claro se puso celoso.

- ¿Celoso? ¿Celoso de qué? No lo pillo.

- Me dirás que  no te has dado cuenta –dijo Damián alzando una ceja.

- ¿Darme cuenta de qué? –le pregunté completamente perdida.

- Pues de que la gustas Duna, ¿en qué mundo vives? –intervino Alba.

- Estáis de coña.

- No, no estamos de coña. Es mi primo y lo conozco, sé de lo que hablo. Además se le nota a millas. Lo increíble es que no te hayas dado cuenta.

- ¿Me estás contando que como le gusto a Raúl ha decidido cambiar de imagen?

- Mujer, a ver, tú le gustas pero no es para tanto. Lo que pasa es que se cansó de ser el empollón adefesio y de que las chicas no le hagan caso. Y ahora se quiere convertir en el terror de las nenas.

- Buah… sigo sin poder creerme todo este asunto.

- ¿Qué asunto?

Ahí estaba Raúl. Qué momento tan oportuno… Bueno era hora de comprobar si su nuevo look era para tanto. Alba y yo, como si de sincronización mental se tratara, nos giramos lentamente para descubrir al nuevo Raúl.

- ¡Joder!

Eso mismo pensé yo, solo que a diferencia de Alba no conseguí articular palabra porque como había vaticinado Damián mi mandíbula se había enterrado en el cemento. 


Capítulo 13

 



sábado, 28 de agosto de 2010

Depresión post-conciertaco

Recién llegada de Santiago. Cansada no, lo siguiente. Dos días de fiesta, uno de ellos dándolo todo en un concierto. Debería sentirme como mínimo autorrealizada pero no es el caso. Tengo el día chof incomprensiblemente. Así que esto me da pie para hablar de dos cosillas: conciertaco del Xacobeo y una canción que me ronda la mente porque su música define totalmente mi estado de ánimo.

Punto primero. Conciertaco. Muse y Pet Shop Boys + artistas varios de calibre interesante (menos un dj que no hizo más que destrozar canciones y de cuyo nombre no quiero acordarme). A pesar de tener que actuar en un escenario más pequeño del que suelen estar acostumbrados, Muse deslumbró porque en directo son un pepinazo (entiéndase como algo positivo) pero tengo que poner un par de pegas, lo siento. En primer lugar, la frialdad con el público ya que a duras penas se dirigieron a nosotros, un par de thank yous y gracias no son suficientes Sr. Bellamy y en segundo lugar la forma en la que tocaron Undisclosed Desires no fue de mi total agrado, prefiero la versión del album pero eso ya obede a una cuestión de gusto así que no me hagáis caso. De todas formas fue un total espectáculo y me dejé los pulmones con sus canciones después de recuperarme del infarto que supuso verlos abrir el concierto con New Born. De Pet Shop Boys solo diré que fue un show con todas las letras, la perfomance que desarrollaron, el juego de proyecciones, las coreografías, el vestuario, todo fue increíble y desde luego fueron mucho más cercanos al público que Muse. Toda una experiencia, señores y señoras.

Punto segundo. La canción. Pues es un tema de Matthew Ryan que escuché por casualidad durante el viaje de regreso y a la que nunca le había prestado gran atención hasta hoy. Será cosa del estado de ánimo, será cosa del destino; ni lo sé ni me importa, el caso es que me reconforta y me desasosiega al mismo tiempo, me hace sentir extraña. Ni siquiera sé de qué va la letra, ni me fijé, pero hay algo en esta voz ronca, en esta música que no me deja indiferente. Ahora es vuestro turno para opinar si me he vuelto loca o solo estoy un poco trastornada.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Capítulo 11


XI

Rutinas matinales

“Duna, estás perdiendo la cabeza. Ahora incluso sueñas con él”. Eso era lo que estaba pensando cuando casi me mato  al salir de la ducha. Nota para mí misma: intentar no estar distraída mientras desarrollo actividades de riesgo, mi integridad física me lo agradecerá.

- Duna, cariño. Deberías apurar se te está haciendo tarde, ¿no estarás haciendo dibujitos en el espejo con el jabón?

Maldita. Qué bien me conocía, supongo que será porque lleva ejerciendo de madre durante dieciséis años y conoce a la perfección mis quehaceres matutinos. Este en particular consiste en dibujar sobre mi reflejo con una pastilla de jabón. Un poco raro, ¿verdad? Lo vi por primera vez en “El show de Truman” cuando era pequeña y desde aquel día no puedo evitar distraerme añadiendo complementos a mi imagen especular siempre que estoy preocupada. Así, junto con otras muchas manía extrañas, consigo evadirme de la realidad para no afrontar mis problemas. Vamos, que estoy un poco zumbada pero, como a mí me gusta decir, de una manera encantadora.

- ¿Duna?
- Mamá… yo que tú intentaría tirar la puerta abajo… me da que se ha quedado dormida encima de la tapa del vater.
- ¡Tú! ¡Engendro diabólico! Más te vale quitarte de mi camino si no quieres que tu linda cara acabe comiendo moqueta –grité desde el interior del baño al ñordo que tenía por hermano.
- Eso me gustaría verlo…
- Gael, no piques así a tu hermana que va a acabar llegando tarde. Cielo, sal ya que es muy tarde.
- ¿Cómo de tarde?
- Muy, muy, muy, muy tarde enana.
- Mierda.

Afortunadamente conseguí llegar a tiempo al instituto. Lo malo es que llegué tan justa que no pude hablar con mis amigos antes de que comenzara la clase. Entré en mi nueva aula, la de 1º B, justo antes de que el profesor. Cuando me senté en una de las mesas libres, eché un vistazo al resto de la clase ya que con las prisas solo había mirado cuál era mi grupo y no me había fijado en quiénes iban a ser mis nuevos compañeros. Casi me da un patatús al comprobar que ninguno de mis amigos estaba en la clase. No podía ser. No podía tener tan mala suerte. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Éramos como un pelotón, preparados para defendernos de cualquier ataque enemigo, no podían separarnos, no podían dejarme a mí sola. ¿Cómo sobreviviría un año entero sin mis amigos?

- Tsss… Duna, quita las cosas de la silla que quiero sentarme.
- ¡Alba!- exclamé en un susurro para no interrumpir al profesor que ya había comenzado a hablar -¿Cuándo has llegado?
- Ahora mismo, mientras te pegabas uno de tus viajes astrales.
- ¡Oh! No sabes cuánto me alegro de verte. Por un momento pensé que iba a estar sola todo el curso.

Esta era Alba, mi mejor amiga. Nos conocíamos desde el jardín de infancia aunque no nos hicimos amigas de verdad hasta quinto de primaria, con diez años. Desde el fatídico día en el que decidí cortarme el pelo y pasé a ser la marimacho me quedé sin amigas. La única persona que se apiadó de mí fue Alba. Por aquel entonces tampoco gozaba de gran popularidad porque tenía que llevar un aparatoso corsé que le corregía su problema de escoliosis. Recuerdo perfectamente cómo se me acercó en un recreo con su sonrisa tímida y su bocadillo de mortadela. A partir de ese día nos apoyamos mutuamente en nuestro camino como marginadas sociales.

- Oye Duna, ¿qué es eso de que te veías sola todo el curso? ¿A qué te refieres?
- Los niños no están, creo que les ha tocado en otro grupo.
- No fastidies, ¿en serio?
- Como lo oyes. A menos que hayan llegado tarde pero me parece muy raro que Raúl se permita una impuntualidad el primer día de clase.
- Tienes razón, es imposible que llegue tarde con todas las alarmas que pone para cumplir su horario. Está totalmente trastornao. Ayer estuve hablando con Damián y me dijo que no lo aguantaba más, que lleva todo el verano agobiadísimo con las clases y dándole la chapa con que empieza una etapa super importante de nuestra vida, que tenemos que estudiar un montón, que nos va en ello nuestro futuro y patatín patatán.
- Dios, pobre Damián, tener que aguantarlo todo el verano…

Raúl y Damián completaban nuestro pelotón desde el primer curso de secundaria. A Damián lo adorábamos y a Raúl lo soportábamos, entre otras cosas, por ser primo de Damián. Nuestra unión nació fruto de la necesidad ya que los cuatro éramos los bichos raros de nuestra clase. Alba y yo por no poder deshacernos del San Benito que cargábamos desde primaria, Damián por tener más pluma que un nórdico de Ikea y Raúl por ser un empollón obsesionado con los estudios y la organización.

- Ahhh… y no sabes lo más fuerte de todo. Dami me contó que Raúl ha decidido echarse novia este curso y que lleva todo el verano haciendo un montón de deporte para ponerse cachas y comiendo un montón de proteínas y mierdas de esas –dijo Alba con su habitual cara de “te estoy contando algo super mega fuerte”
- ¿Qué dices? –le contesté con mi habitual cara de “qué cosa tan super mega fuerte me estás contando”.
- Sí, sí. Te lo digo en serio.
- Pero si Raúl es un mojigato que no puede ni decir “tetas” sin ponerse colorado.

Perfecto. Ya la habíamos líado parda. Si es que nosotras dos juntas teníamos mucho peligro. No dedicamos ni un solo momento de nuestra primera clase a algo productivo. Nos pasamos los cincuenta minutos cotilleando para ponernos al día. Ni las miradas asesinas del profesor consiguieron aplacar nuestras ansías parloteadotas.


Capítulo 12

 

lunes, 23 de agosto de 2010

Capítulo 10


X

I wanna do bad things with you

¡Dios mío qué tarde es! Y yo sin poder dormir… Genial no hay nada mejor que presentarse el primer día de clase con cara de zombie. Quizás debería aprenderme los pasos de Thrillercause this is thriller, thriller night… and no ones gonna save you from the beast about strike. Imagínate la cara que se le podría quedar a Memé si me presento con pintas de muerto viviente a lo Michael Jackson. Se caga las bragas de Gucci fijo.

Toc, toc, toc.

¿Qué coño fue eso?

Toc, toc, toc.

¡Dios mío, dios mío, dios mío! Es un vampiro, o un violador, o peor, un vampiro violador. ¡Soy demasiado joven para morir! Sé que no suelo rezar muy a menudo pero si de verdad estás ahí arriba… ¡Sálvame Superman! Joder menudo momento para recordar frases de los Simpsons. Ni a punto de morir puedo comportarme como una persona normal.

Toc, toc, toc.
- ¿Duna? ¿Estás ahí?

Ha llegado mi hora… adiós mundo cruel… espera un momento… sabe cómo me llamo y juraría que esa voz…

- ¿Jason?
- Sí, soy yo. Abre por favor.

¿Jason? ¿Jason en mi terraza? ¿Y el vampiro violador? ¡Oh dios mío! ¡Jason en mi terraza! ¡Y yo con estos pelos!

- ¡Duna! ¡Que se me está helando el culo!
- Sí. Ya va. Perdón –dije mientras me dirigía al ventanal para dejarlo pasar.
- Joder qué frescas están las noches coño. Y solo estamos en Septiembre.
- Es verdad… creo recordar que hoy el hombre del tiempo daba descenso de temperaturas…

¿Descenso de temperaturas? ¿Tengo a un hombre ligero de ropa en mi habitación y lo primero que se me pasa por la cabeza es hablar del tiempo? Yo tengo un retraso.

- Uffff… pues sí que se nota –dijo frotándose con fuerza sus musculosos brazos y temblando ligeramente-. Bueno te estarás preguntando qué hago aquí, ¿no?
- No, para nada. Me parece de lo más normal que te me aparezcas en mi cuarto a las cuatro de la mañana. ¿Se puede saber cómo has llegado aquí y qué es tan importante que no puede esperar a mañana?

Sarcasmo. Ligeros signos de cabreo. Sueno con seguridad. Ninguna referencia a asuntos metereológicos. Vaya, parece que voy remontando.

- Escalé hasta aquí porque necesitaba confesarte algo urgentemente.
- ¿Confesarme algo?

No puede ser que esté pasando esto. No puede ser. Que alguien vaya a buscar un desfibrilador que a mí me va a dar algo. ¡Enfermera!

- Sí, Duna. Tengo que confesarte algo que llevo ocultando desde hace mucho y que me está matando por dentro. No puedo seguir disimulando y menos con esa camiseta tan sexy de Led Zeppelin -¿sexy? ¿La camiseta?-. Yo… yo… yo tengo que decirte que… I wanna do bad things with you.
- ¿Cómo? Jason tú y yo ni siquiera somos… -¡Enfermera! ¡Que alguien llame a una enfermera!
- When you came in the air went out…
- ¿Se puede saber por qué se te ha dado a ti por el inglés en este momento?
- Porque todo esto es un sueño Duna y es hora de que despiertes. ¿De verdad creías que un pibón como yo iba a trepar por tu balcón para declarársete? Está un poco visto, ¿no crees? Al menos podrías intentar ser original en tus sueños… y te lo digo como representación de tu inconsciente… pero vamos, que te lo curras muy poco… si quieres que te sea sincero.
- Pero… pero… pero tú… el balcón… tú… la camiseta… ¡NOOOOOOOOOOOO!

I wanna do real bad things with you.

La maldita alarma de los cojones. Siempre tiene que sonar en el peor de los momentos. Maldito Jace Everet. A partir de ahora te destierro al olvido, nunca más volverás a ejercer de alarma de mi móvil. Ni sueñes que volveré a despertarme una vez más con tu melodía sexy y cautivadora. Me has hecho daño y esto no va a quedar así. La has pifiado tronco, complicándome la vida. Cómo me gustaba ese anuncio…

- Duna, ¿quieres apagar la alarma de una vez? Los hay que no teníamos que madrugar hoy –era mi hermano con los ojos medio cerrados y el pelo tieso. Se notaba que acaba de levantarse.
- Ya va –dije mientras lo apagaba bruscamente –pero, ¿sabes qué Gael? El mundo está lleno de injusticias, así que te jodes y madrugas.
- Vaya con la enana que se despierta con malas pulgas. Parece que alguien no quiere ir al instituto.
- Oh… ¡Cállate Gael!
- ¿Se puede saber qué estás haciendo?
- Volver a meterme en cama…
- ¿Para qué?
- Para hacer un viaje interdimensional. ¿Para qué va a ser? Para dormir. A veces pareces tonto.
- Duna tienes que ir al instituto. Las vacaciones ya se han acabado.
- ¡No quiero! ¡Quiero seguir durmiendo! ¡Allí soy más feliz!
- ¿Allí? ¿Pero de qué demonios estás hablando? ¿Te has vuelto majara del todo? ¡Venga arriba vaca! –dijo mientras me cogía cual saco de patatas.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Socorro que me secuestran! ¡Suéltame o te muerdo!
- Ni se te ocurra señorita Lecter. A ver si un poco de agua te devuelve la cordura.
- No, no, no, no lo hagas. ¡Gael! ¡Te odio!
- Y yo a ti. Que disfrutes de la ducha.

El muy ñordo me había metido en la ducha y me había empapado el pijama. Madre mía… no podía empezar peor el curso.



 

viernes, 20 de agosto de 2010

Capítulo 9


IX

El chico de al lado

El apoyo que mi madre recibió de Cristina fue clave para su recuperación y la relación entre ellas se hizo tan estrecha que nuestra vecina acabó convirtiéndose en una especie de tía. Por desgracia Jason no era para mí como un primo, quizás para Gael sí pero para mí fue y lo sigue siendo mi amor platónico.

No es de extrañar entonces que descendientes de la familia Sempere y Andersen pasáramos nuestra infancia juntos. Todas las tardes mi hermano y yo nos reuníamos con Gael en la cabaña que tenía en su jardín. Recuerdo tantos juegos, tantas risas, tantos enfados, tantas rodillas peladas, tantas gominolas escondidas… Aquellos fueron días felices. Y lo fueron porque los pasé a su lado.

Luego mi hermano se hizo demasiado mayor para seguir jugando a los ridículos juegos que yo inventaba. Tenía doce años y ya era un chico de instituto. Jason y yo aun estábamos en primaria y todavía disfrutábamos jugando pero a los diez años las relaciones entre chicos y chicas no eran sencillas. Si eres niño y te gusta una niña, le pegas y le haces la vida imposible; sin embargo, si eres niña, lo habitual es que le escribas una carta al niño que te gusta con tu mejor bolígrafo con olor a chocolate. Y cuando no había ningún tipo de interés hacia el sexo opuesto no se hacía absolutamente nada. Los niños iban por un lado y las niñas por otro. Y que no se te ocurriera romper esta regla sagrada porque corrías el riesgo de convertirte en el paria del colegio, no podías olvidar que debías lealtad a tu género. Así que Jason y yo poco a poco nos fuimos distanciando porque ni muerta le mandaba yo una carta de amor.  Si es que siempre he sido una niña adelantada a mi tiempo y aquella práctica epistolar me parecía una soberana gilipollez.

Privada de la compañía de Jason y obligada a estar rodeada de niñas repipis que se pasaban el día con sus muñecas jugando a buscarles el marido perfecto, acabé dejándome llevar por la desesperación y desarrollé el peor y más estúpido plan suicida: me corté el pelo con la esperanza de ser aceptada entre los chicos que jugaban a cosas más interesantes y contaban con la presencia de mi añorado Jason. Y esa es la historia de cómo me convertí en un paria escolar. Niños y niñas se hermanaron por una vez con único objetivo: llamarme marimacho. Y me quedé sola, sin pelo y sin Jason.

Gael, al que no se le escapaba ni una, buscó una manera de ayudarme. En el tema reinserción escolar solo pudo darme ánimos pero en el tema Jason acabó encontrando la mejor de las soluciones: me cambió la habitación. La que entonces era su habitación tenía una terraza que estaba justo en frente, a solo un par de metros, de la del cuarto de Jason. Además, como aquella habitación era más luminosa, pudimos poner la excusa de que me la cedía en beneficio de mi desarrollo como dibujante. Y para encubrir más aun los verdaderos motivos del intercambio, a Gael se le ocurrió la brillante idea de que le hiciera la cama durante un mes porque, según él, no era normal que un hermano derrochara tanta amabilidad sin recibir nada a cambio. Así que yo, más contenta que unas castañuelas, cumplí con mi tarea creyendo firmemente que mi hermano no se había ido de listo con la última parte del plan.

En fin, dejando a un lado la cuestión de que soy retrasada y una inocentona, retomemos la historia de Jason donde la habíamos dejado, en la terraza. Con aquel cambio conseguí estar más cerca de Jason. Casi todas las noches, antes de irnos a dormir, nos pasábamos horas hablando desde nuestros balcones. En aquel espacio nos encontrábamos en territorio internacional, lejos de la jurisdicción escolar y por lo tanto a salvo de sus consecuencias, a la espera de que en el instituto cambiaran las cosas.

Y lo hicieron. En el instituto ya no existía un conflicto armado entre niños y niñas porque ahora éramos chicos y chicas. Las hormonas empezaban a hacer su aparición y eso se dejaba ver en el cambio de actitud de ambos géneros. Pero hubo una cosa que no cambió, yo seguía siendo una marginada social. Jason, por su parte, empezó a ser cada día más popular. Era el chico más guapo, con diferencia, y aun encima un gran capitán del equipo de fútbol en el que conseguía múltiples victorias para nuestro instituto.

Estábamos separados por nuestra condición social, por nuestra pertenencia a distintos bandos, éramos como unos modernos Romeo y Julieta salvo en un importante aspecto, que mi Romeo no trepaba hasta mi balcón para declararme su amor. 



 


jueves, 19 de agosto de 2010

Capítulo 8


VIII

La que se avecina

Y como si de una peli mala para adolescentes se tratara, la chica fea, osea yo, estaba enamorada desde niña de su imponente e inalcanzable vecino.

Recuerdo perfectamente el día en el que la familia Andersen llegó. Mi hermano estaba jugando conmigo en el jardín. Quería entretenerme para que no viera a mi madre sumergida en otro de sus ataques. Esfuerzo vano por su parte porque yo, a pesar de mis cinco años, era perfectamente consciente de lo que pasaba ya que había aprendido a convivir con ello durante algo más de un mes. Un mes en el que mi madre hacía poco más que respirar y llorar, un mes en el que mi hermano y yo tuvimos que prácticamente cuidarnos solos, un mes en el que solo nos teníamos el uno al otro, menos mal que él era un niño increíble.

Los Andersen llegaron justo a tiempo para interrumpir mi juego preferido, el del científico de mazapán. Sus grandes camiones de mudanza captaron mi atención, distrayéndome de dirigir la historia que yo misma había inventado. Entre el ajetreo de hombres uniformados con monos de trabajo que descargaban muebles y cajas surgió una mujer alta y rubia que se nos acercaba con un niño pequeño de la mano.

- ¡Hola chicos! –saludó la mujer.
- Hola –dijimos los dos muy serios.
- ¿Qué hacéis los dos aquí tan solitos?
- Pues estamos jugando en el jardín –contestó mi hermano con sequedad, dando a entender que lo que había preguntado era una obviedad.
- Ya veo –dijo con una cálida sonrisa- ¿y vuestros papás os dejan aquí solitos?
- Sí, porque mi mamá está rota –dije con toda la inocencia de mis cinco añitos ignorando lo raro que aquello podría sonar.
- ¡Duna! ¡Esas cosas no se cuentan a los desconocidos! –me regañó Gael.
- Tranquilos, no soy una desconocida, soy vuestra nueva vecina. Me llamo Cristina y este de aquí es mi hijo Jason. Diles hola a estos niños Jason.
- Hola.

Y en ese momento a Cupido le dio por tocar las narices y alcanzarme con una de sus puñeteras flechas. Menuda crueldad hacerle eso a una niña de cinco años. Como pille por banda a ese estúpido niño alado le voy a enseñar para qué sirven sus malditos pañales. El caso es que cuando Jason abrió la boca para pronunciar lo que fue su primer saludo, me quedé total y absolutamente prendada de él. Y es que era un niño tan tan tan guapo que no os lo podéis ni imaginar. Con su pelito rubio lleno de rizos y sus grandes ojos de un azul brillante llamaba la atención a donde quiera que fuera. Aún hoy, a sus dieciséis años sigue siendo guapísimo, con el aliciente de tener un cuerpo (perfecto, ardiente y pecaminoso… babaaasss) esculpido por el deporte.

A partir de aquel día, las cosas empezaron a mejorar. Cristina, intrigada por mis palabras se empeñó en conocer a mi madre y en poco tiempo se hicieron muy buenas amigas. Supongo que conectaron tan rápido porque ambas compartían muchas cosas. La madre de Jason era también una artista como mi madre, escribía e ilustraba cuentos infantiles y además comprendía a la perfección la soledad de mi madre y la dificultad que suponía criar a un hijo sin la presencia de un padre. Y es que el padre de Jason, Hans, aunque no los había abandonado, pasaba muy poco tiempo en casa porque su empleo como director de una importante editorial absorbía prácticamente todo su tiempo, dejando a su familia totalmente desatendida.

La verdad es que la historia de Cristina era casi tan triste como la de mi madre. Conoció a Hans cuando comenzaba su trote en el mundo editorial intentando publicar sus obras. Entonces Hans era un joven ejecutivo con un futuro brillante por delante y con un pasado que lo hacía verdaderamente interesante. Hijo de adinerados intelectuales daneses afincados en Estados Unidos, pasó su infancia y adolescencia rodeado de la élite neoyorquina y al finalizar sus (carísimos y exclusivos) estudios universitarios se trasladó aquí al aceptar la oferta que le hizo la editorial que ahora dirige. Al principio, como es habitual, la relación fue viento en popa pero a medida que Hans iba medrando en su carrera menos atención le prestaba a Cristina. Cansada de su soledad intentó dejarlo una vez pero ya se sabe el corazón aún siendo consciente de que alguien no es bueno para él no sabe de discriminación. Con cientos de promesas y una propuesta de matrimonio volvió a caer en sus brazos pero él nunca cumplió nada de lo que prometió ni siquiera con la llegada de Jason lo hizo.


martes, 17 de agosto de 2010

Capítulo 7


VII

Radio-patio

Era él. No, no era él. No podía ser él. No era posible. ¡Ouch! ¿por qué no habré cerrado las cortinas? O simplemente, ¿por qué no me habré comportado como una persona normal? ¿Por qué estaba haciendo el moñas cantando con mi peine modo micrófono? Ah claro, ya sé, porque soy una tarada y porque se suponía que vendría la semana que viene.

- Duna, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño?
- ¿Eh? –contesté aturdida. ¡Oh mierda! Aun encima me había tropezado con el susto. ¿Podría ser más patética?- Eh… ¡Ah! No, no. Osea sí, un poco… pero estoy bien… es que… yo bueno… no contaba con… osea que… bueno… que…
- Jajaja. ¿Quieres arrancar de una vez?
- Sí claro… esto que… que me asustaste y por eso me caí.
- Oh vaya, lo siento –dijo con una cara que intentaba ocultar la risa que estaba a punto de estallar- jajaja ¡Qué hostión! Pena no haberlo grabado… ais… mira que puedes llegar a ser torpe.
- Eh… gracias… muy amable pero, ¿se puede saber qué estás haciendo aquí? ¿No se suponía que volvías la semana que viene? –dije recuperándome del shock que me producía verlo.
- Se suponía, tú lo has dicho. Nada, ya sabes que mi padre es un hombre ocupado que no se puede permitir ni dos semanas de vacaciones.
- Vaya se te ve muy contento.
- Es que me repatea que siempre haga lo mismo y nos deje colgados por el puto trabajo.
- Ya veo ya pero, ¿por qué no os quedasteis tu madre y tú?
- Pufff porque mi madre empezó con el asunto de que ella no se quedaba sola con su suegra, que no era su madre, ya sabes cómo se llevan esas dos. Y bueno también por las clases, que no le molaba que perdiera una semana por estar en Nueva York.
- Joder, pues vaya putada.
- Seh, te diré. Con tal de tocar los cojones…
- Bueno pero por lo menos estuviste una semana en Nueva York, no te quejes.
- Mira quién lo va a decir, la que no estuvo un mes en Ibiza, rodeada de fiesta, playa y guiris. ¡Tengo todo el derecho a quejarme!
- Jajaja. Bueno visto así, quizás tengas razón.
- Claro que la tengo. Oye, por cierto…
- Dime.
- Estás muy guapa. Se ve que te sentó bien el verano. Deberías llevar más a menudo el pelo suelto y tirar a la basura esas gafas horrorosas que llevas.

¡¡¡KLONCH!!! Ese fue el ruido que hicieron mis neuronas al romperse en mil pedazos por el impacto de sus palabras.

- Eh… gracias… -dije intentando ocultar lo emocionada que me sentía y disimulando la ausencia de neuronas.
- ¡JASON LA CENA ESTÁ LISTA! –y la voz de Cristina, la madre de Jason, fue la campana que me salvó de una situación en la que no me sabría desenvolver y en la que acabaría haciendo el ridículo.
- ¡Ya va mamá! Bueno ya la has escuchado… piro a cenar… nos vemos mañana en el insti…
- Claro. Abur.
- Ciao –dijo con esa maldita sonrisa que hacía que me temblaran las rodillas mientras cerraba la cristalera de su terraza.

Ahhh… Jason… Jason Andersen… por lo menos la Zorra esa que se tiraba a Él trajo algo bueno, a Jason. Bueno, a ver que me explico, que puede parecer que es su hijo y no, para nada. Cuando pasó todo lo de Él, el marido de la Zorra, un viejales millonetis que le consentía todos los caprichos, la acabó echando y vendiendo la casa (¡que la jodan!). No tengo ni la menor idea de lo que fue de ella, ni me importa, porque lo importante es que su casa fue comprada por la familia Andersen que tenía un hijo de mi edad, sí, Jason.